anna y pauHace tres meses que nació mi hija. Me preparé mucho para ese momento: leí, anduve, hice yoga… quería tener un parto natural en el hospital. Con Marimer lo habíamos planificado todo hasta el detalle más pequeño. Sin embrago, semanas antes de parir me informó que mi pequeña se estaba quedando sin líquido amniótico y que, posiblemente, un nudo en el cordón le impedía encajarse. Poco a poco llegó el día esperado pero ni rastro de contracciones, encaje o dilatación. Marimer me dijo que tendríamos que ir al hospital y provocar el nacimiento. No sé cómo lo hizo ya que, esa mañana su consulta estaba llena pero en una hora vino con nosotros a la habitación. Ahí, empezó el verdadero viaje de un día que me llena de ternura, emoción y, sobretodo, orgullo de haber formado parte de un equipo tan maravilloso.

Durante nueve horas estuve en una habitación con mi compañero, ambos muy tranquilos, acompañados de la súper comadrona Pastora y, muy especialmente, de Marimer. Todo este tiempo, ella estuvo a nuestro lado esperando que alguno de los métodos que habíamos probado para las contracciones hiciesen su efecto. El tiempo que nos regaló fue vital. Esas horas pudimos vivir la imposibilidad de lo que tanto habíamos deseado (el parto natural), y aceptarlo de una forma humana, sana, con cariño, con calma y sin pánico. Llamamos a Marimer, que esperaba pacientemente fuera, no había dilatación en lo más mínimo así, que nos fuimos los tres andando hacia el quirófano.

"Estaremos todos contigo pase lo que pase Anna", frase que jamás olvidaré. Si hay alguien con pánico a las agujas, a los quirófanos y a la anestesia soy yo. Ocurrió como me había dicho Marimer tantas veces: la cesárea fue rapidísima, indolora, estuve acompañada en todo momento de mi compañero, cogiéndome la mano y acariciándome todo el rato; de la comadrona, Pastora; de un maravilloso anestesista que intentaba tranquilizarme como podía y de un pequeño equipo del hospital que fueron como angelitos caídos del cielo. En fin, todo lo que había oído e imaginado de un trato mecanizado en las cesáreas, del frío del quirófano, del personal como robots, de la soledad… no fue así. Todo al contrario, Marimer estuvo operando al tiempo que se preocupaba por mí. Todos me hablaron, me acariciaron, me cobijaron mientras yo temblaba esperando a ver el rostro de mi pequeña. Y al final, nació mi preciosa hija y Pastora me la trajo directa a mí. Ahí no hubo frase inolvidable, solamente llanto y emoción. Ese fue el colofón esperado, el momento que cura todo sufrimiento y ahí, en ese quirófano que tanto había temido, pude vivirlo con gran intensidad.

Ya no recuerdo nada de lo que sigue.  La sensación de haber sido cuidada, mimada, respetada y tratada con la máxima seguridad y profesionalidad lo invadió todo. Únicamente que me quedé con mi pequeña, estirada encima mío, notando su piel, su cuerpo caliente y tierno, y así nos fuimos las dos juntas desde el quirófano hasta la habitación, con mi compañero siempre al lado, y dormimos juntas hasta el amanecer.

Escribo esto ya que no sé cómo agradecerte, Marimer, el trato que nos brindaste, no solamente ese día, sino durante y después del embarazo. Cada día, cuando me miro en el espejo y veo una pequeñísima cicatriz siento que una profesional muy humana la ha hecho pensando en mí, en Anna, no en una más de las mamás que paren cada día en los hospitales. Es una cicatriz con sentido y sentimiento, por una razón que lo vale todo: tener a mi pequeña sana y feliz, aquí y ahora, y recordar el cariño y la profesionalidad con el que todas deberíamos poder gozar en esta vida. Gracias Mer!

Anna y Pau